
El Atlántico se traga vidas. Más de ciento cuarenta personas desaparecen frente a Mauritania. El océano guarda sus nombres. Los supervivientes apenas alcanzan a contar lo vivido. Sus relatos deberían sacudir conciencias, pero Europa mira hacia otro lado.
Bruselas y Madrid envían mensajes de pena. Fotos, minutos de silencio, declaraciones solemnes. Lágrimas que no salvan a nadie, porque nadie previene el riesgo. Las fronteras se blindan. Los discursos sobre control migratorio resuenan vacíos, como reflejos de desinterés.
Huyen de guerras, sequías, miseria creada por la colonización que el mundo ha permitido. Son víctimas de un sistema que los ha dejado atrás. Quien arriesga su vida es castigado. Quien intenta salvarla también. La deshumanizada ultraderecha exige fosas para todos: inmigrantes y rescatadores por igual.
Los números de naufragios crecen. Europa los registra como estadísticas, no como tragedias humanas. Y luego los olvida. La migración no es un capricho ni un problema aislado. Es consecuencia de injusticias históricas, de desigualdades que persisten y se perpetúan.
Solo rutas seguras y leyes que protejan vidas pueden detener esta carnicería silenciosa. Mientras tanto, los océanos seguirán cobrando vidas. Europa llora en público, pero no actúa. Cada mensaje de condolencia es un eco vacío. La indiferencia es su verdadera política.